Princesa sin castillo

Hoy miro por la ventana y veo los restos de un castillo hecho pedazos. Era una fortaleza construida a base de esfuerzo diario, respeto, dedicación, amor y cariño. El castillo estaba custodiado por dos personas: un príncipe y una princesa. Mientras la princesa oponía resistencia a las tormentas y guerras, luchando contra viento y marea; el príncipe, que también lo había hecho hasta el momento, un día se cansó, se dio por vencido y abandonó su misión sin esforzarse.

Pensó que lo mejor para él sería desterrar a la princesa y derruir el castillo para construir uno nuevo. En ese momento no pensó en la princesa, en las ganas de luchar y el coraje que tenía para mover montañas si hacía falta. No pensó en todo lo conseguido hasta el momento, en todas las nuevas torres que habían prometido construir juntos... todo aquello cayó en el olvido. El príncipe optó por quedarse de brazos cruzados ante la adversidad, abriendo las puertas a la invasión, la destrucción y el expolio... El príncipe abrió las puertas del castillo a la derrota.

La princesa daba sus últimos gritos de guerra para no abandonar el fuerte, pero poco a poco se fue dando cuenta de que el príncipe, ese que tantas guerras había librado a su lado, ese que la ayudaba a levantarse en cada golpe de cañón, ese príncipe ya no estaba. Se había cansado. Pensó que todo era una ilusión, un espejismo, que no le podía estar pasando a ella, otras vez no.

A pesar de todo, se negaba a pensar lo que su corazón le gritaba a cada segundo del día: no quería creerlo, no quería asimilarlo, pero sabía que el príncipe necesitaba construir un nuevo castillo junto a una nueva moradora. Una habitante que, seguro y en contra del deseo de la princesa, no tardaría en llegar. Una nueva moradora que le sustituyera y que, estaba segura, no iba a luchar con tanta dedicación y cariño.

La princesa no tuvo más remedio que recoger los pedazos de su alma y abandonar el castillo en contra de su voluntad, dejando atrás todo lo que una vez formó parte de su vida, todo lo que alguna vez le perteneció: la ilusión, el cariño, las promesas, la comprensión. Todo. A pesar de todo lo sucedido, no le guardó ningún rencor al príncipe y supo que, tarde o temprano, se encontrarían en el camino y le demostraría que ella había sido capaz de forjar un castillo cien veces más seguro y estable que cualquiera habido en el mundo.

...Lo siento. Hoy es uno de esos días en los que te entristece no tener un reino donde reinar… o no tener un trono con quién compartir. Se me ha escapado de las manos de repente. Quizás mi destino no sea tener un castillo, quizás el mío me depare ser una trovadora y llevar por doquier mis palabras. Tal vez mi sino sea el de llegar y el de marcharme, el de estar aquí y allá, el de estar y no estar. El de pasar por la vida de muchas personas para no quedarme en la vida de nadie. Quizás cómo dice la canción “no soy mala hierba, sólo hierba en mal lugar”.

Os deseo a todos un feliz puente.

Hoy me despido con una frase que debo aplicarme:
“No es grande aquel que nunca falla si no el que nunca se da por vencido”

2 comentarios:

  1. No debes estar triste por no tener reino ni trono... nuestro destino es ser lo que somos... tan simple como eso... tan difícil como eso.

    AdrnRds

    ResponderEliminar